Diente de león
1.
El silencio es una voz que escucho
desde adentro.
Es una hoja dentada que me clava su filo
en la memoria.
Recuerdo el borde recto de la palabra
que tengo en la punta
de la lengua
ahora.
Es el silencio de la hoja
cuando crece.
Tuve un tallo fuerte
pero también el viento es fuerte
y arranca árboles
y casas.
Me cuesta hablar.
Las palabras me crecen como yuyos
al borde de la ruta.
Son pocos para un incendio
pero me acompañan
en el camino
que cambia de color
según las horas.
Viajo callada.
Mando al fondo donde hay lugar
al nuevo pasajero.
Me mando atrás.
El vidrio de la ventana
se ahúma cerca
de mi boca.
2
Los grillos cantan cerca
pero no escucho
cómo trizan el silencio
con sus alas.
No escucho lo pequeño
porque recuerdo una tormenta
y la tormenta aparece.
Demasiada lluvia no es buena
para algunas plantas.
El mal tiempo amaina
y en tu mano sobrevive
el diente de león
para el soplido.
Voy a pedir un deseo,
un deseo que tenga dos,
así no me equivoco.
Tengo una hermosa flor,
una presencia mágica
que tiembla
sin desarmarse
entre mis dedos.
Voy a soplar su cuerpo
frágil.
Voy a desarmarlo,
voy a hacerlo
volar.
Voy a desperdigar
sus partes
en el aire.
Aleteos de semillas
y blancos
para mi mirada.
Voy a pedir un deseo,
voy a soplar un diente de león
con sus hojas lobuladas
y dentadas.
Voy a destrozarlo.
Durazno
1.
¿Cuándo cayeron las hojas del durazno?
No me di cuenta del momento
en que cayeron.
Las cosas que se alteran lento
se vuelven invisibles
pero igual cambian.
No es el tiempo ni el viento.
La caída es la pausa abrupta
de una continuidad.
Las hojas se desprenden
del árbol.
Bajan a la tierra.
Viven de agregado, como nosotros.
La luz les muerde las sombras
sin preguntarles nada.
2
En alguna ciudad lejos de casa
vas a caerte.
le caerás sobre una superficie dura
y te lastimarás
la rodilla derecha.
Vas a abrir tu rodilla derecha
con una herida profunda,
larga y aserrada
como los bordes
de las hojas
del durazno.
Te harán nueve puntos
mientras estás sentada
en la camilla negra
de un hospital
vacío.
Cicatrizarás tan lento
que no te darás cuenta
de cuándo tu piel
terminó de sanarse.
Hay huesos que saben caer.
El tomillo y el enebro
alivian tu dolor
y la lengua
le pone un nombre
al asunto.
Pero la palabra también
es una herida,
una caída al pozo
donde defendés tu dolor,
atrincherada
para que no ataquen tu dolor,
atrincherada
para protegerlo.
El silencio puede ser
una fruta dulce y aterciopelada
como el durazno.
3
Las nervaduras son señales
que ordenan el espaeio
de tu cuerpo:
contramano
ceda el paso
pare.
le estacionás despacio
porque el juego de la belleza
no tiene apuro.
Las nubes pasan lento
a una distancia extraordinaria.
Pensás en volar
con tu cuerpo perforado
por gorgojos,
pero el peso del aire
es un ladrillo.
El terror a la naturaleza se aplaca
como el viento.
Un cuerpo ardiente de luciérnaga
rodea el tallo aéreo
de tu respiración.
El mundo crece adentro tuyo
como un embrión celeste.
Tu raíz ramificada
se esparce mejor en ciertos suelos
y en ciertas circunstancias.
Mirás el piso a la altura de tus ojos
y no recordás el momento
en que te desplomaste.
Iodo fue tan lento
que no te diste cuenta.
Las caídas no se ensayan.
Adentro de una cáscara dura
que se llama hueso
está su única semilla.
(Del libro homónimo,
La Ballesta magnífica, 2023)
Luciana Mellado
Luciana Tani Mellado. Poeta, escritora y crítica. Vive en Comodoro Rivadavia. Trabaja como docente e investigadora en la Universidad Nacional de la Patagonia. Dirige el colectivo artístico “Peces del desierto”. Ha integrado, compilado y editado producciones de crítica literaria y antologías poéticas en el país, en Chile, en México, en España y en Alemania. Publicó los libros de poesía: Animales pequeños (2014), El agua que tiembla (2012); Aquí no vive nadie (2010); Crujir el habla (2008); y Las niñas del espejo (2006). Obtuvo premios por su trabajo académico y numerosas becas de creación e investigación en el país y el extranjero.